Más de 300 definiciones, décadas de debate académico y ninguna medida universalmente aceptada. El problema no es semántico: tiene consecuencias directas en lo que se hace, quién lo hace y por qué.
La ambigüedad no es un fallo accidental. Es estructural.
La definición del Informe Brundtland de 1987 es, con diferencia, la más utilizada. Sin embargo, su ambigüedad en cuanto a "necesidades" y "límites" fue deliberada: permitió que gobiernos, empresas, ONG y movimientos sociales con agendas muy diferentes adoptaran el concepto sin aparente conflicto. Esto explica tanto su éxito político como su inutilidad operativa.
En 1996, el investigador Andrew Dobson contabilizó más de 300 definiciones diferentes de desarrollo sostenible. Esta cifra se sigue citando hoy en día, ya no como una anécdota, sino como un diagnóstico: la proliferación conceptual no se ha detenido. Cada disciplina, organización y marco político produce su propia versión.
El resultado es una paradoja: la sostenibilidad es el concepto más presente en los discursos sobre política ambiental, empresarial y territorial, y al mismo tiempo uno de los menos efectivos como guía para la acción concreta. Sin una definición compartida, no existe un criterio claro para distinguir lo que es sostenible de lo que no lo es. Y sin ese criterio, cualquier práctica puede autodenominarse sostenible.
"La ambigüedad intrínseca del concepto de desarrollo sostenible tiene tres consecuencias: la pluralidad de propósitos en su medición, la confusión entre objetivos y la ausencia de indicadores universalmente aceptados." — Parris y Kates (2003), citado en ScienceDirect/Brundtland Report Overview
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Definición inicial del debate moderno. Su fortaleza reside también en su debilidad: los términos «necesidades» y «capacidad» no están definidos con precisión, lo que permite interpretaciones radicalmente distintas. Esta formulación abarca tanto las políticas de crecimiento verde que presuponen la sustitución total del capital natural por capital tecnológico (sostenibilidad débil) como los marcos ecológicos que establecen límites planetarios innegociables.
La definición ha sido criticada por asumir implícitamente que el crecimiento económico facilita la satisfacción de las necesidades, sin cuestionar los mecanismos que, en primer lugar, generan la insatisfacción de dichas necesidades. Además, el concepto de "generaciones futuras" carece de un mecanismo para una representación política real.
El modelo de los tres pilares (planeta, personas y beneficios) se ha convertido en el estándar corporativo e institucional. Sin embargo, se trata de una estructura que presenta los tres elementos como equivalentes y paralelos, lo que permite justificar el deterioro ambiental mediante "compensaciones" sociales o económicas.
La crítica más contundente proviene de los modelos jerárquicos anidados (Fischer et al., 2007): sin sistemas de soporte vital funcionales, las sociedades no prosperan; sin sociedades funcionales, las economías no florecen. Lo contrario no es cierto. Reducir la sostenibilidad a un equilibrio entre tres pilares equivalentes distorsiona las dependencias reales.
Esta formulación explicita el carácter ético y político de la sostenibilidad, que la mayoría de las definiciones técnicas ocultan. No se trata de un estado objetivo y cuantificable, sino de un juicio de valor sobre las relaciones de responsabilidad. Esto implica que no puede existir una definición neutral: cualquier definición operativa de sostenibilidad incorpora preferencias sobre quién tiene derechos, qué necesita protección y en qué plazo.
La fortaleza de esta perspectiva radica en que obliga a explicitar los valores en disputa. Su debilidad reside en que dificulta la comparación de casos y la elaboración de indicadores.
Propuesta que amplía el concepto de triple balance al incorporar el espacio (territorio específico) y el tiempo (permanencia) como dimensiones autónomas. El argumento central es que la sostenibilidad es fundamentalmente contextual: lo que es sostenible en un ecosistema específico y en una escala temporal determinada no tiene por qué serlo en otro.
La conclusión más incómoda de este marco es que «llegar a un acuerdo sobre una única definición no solo es imposible, sino también objetable». La pluralidad de definiciones no sería, entonces, un problema a resolver, sino la condición normal de un concepto que admite una complejidad real.
Las tradiciones indígenas ofrecen marcos conceptuales radicalmente diferentes, donde la sostenibilidad no se define como un equilibrio entre categorías humanas (economía, sociedad, medio ambiente), sino como una forma de relación entre humanos, no humanos y territorios específicos. Estas relaciones poseen dimensiones lingüísticas, espirituales y políticas que los marcos técnicos occidentales no logran captar.
Investigaciones recientes concluyen que los ODS no pueden ni deben considerarse universales, ya que incorporan diferencias conceptuales y morales irreductibles entre las comunidades. Una «sostenibilidad global» que ignora estas diferencias no es universal: es la proyección de una visión particular presentada como universal.
Desde la perspectiva del poscrecimiento, la sostenibilidad no es compatible con el crecimiento económico ilimitado. La distinción fundamental entre crecimiento (aumento cuantitativo en escala física) y desarrollo (mejora cualitativa) revela que la mayoría de las definiciones dominantes de sostenibilidad presuponen implícitamente la continuidad del primero sin cuestionarla.
La implicación práctica es clara: las iniciativas que definen como “sostenible” cualquier actividad que reduzca ligeramente su impacto manteniendo un modelo de expansión continua no son sostenibles desde un punto de vista ecológicamente coherente. El poscrecimiento propone límites absolutos a la escala, no solo reducciones relativas.
El debate más relevante para definir qué acciones se consideran sostenibles
Paradigma de la sustituibilidad (Neumayer, 2013)
La premisa central es que el capital natural (bosques, agua, biodiversidad) y el capital humano o tecnológico son sustituibles entre sí. Por lo tanto, la degradación de un recurso natural es aceptable siempre que se genere capital equivalente en otras formas. Según esta lógica, talar un bosque e invertir las ganancias en educación o tecnología verde se considera “desarrollo sostenible”.
Esta postura predomina en los marcos de política económica ambiental convencionales, los sistemas de compensación de carbono y muchos enfoques de economía circular. Permite medir la sostenibilidad utilizando la regla de Hartwick: mantener constante el valor total del capital agregado.
Paradigma de la no sustituibilidad (Neumayer, 2013)
Ciertos elementos del capital natural son funcionalmente irremplazables: la capa de ozono, la estabilidad climática, la biodiversidad funcional y los ciclos bioquímicos. Ninguna tecnología puede sustituir el servicio que proporcionan. Por lo tanto, una sostenibilidad sólida exige mantener estos activos por encima de los límites absolutos, independientemente de cualquier análisis de costo-beneficio.
Este paradigma sustenta las propuestas sobre los límites planetarios (Rockström et al., 2009), la economía ecológica y los marcos de poscrecimiento. La medición ya no se basa en el valor de mercado del capital, sino en indicadores físicos de la integridad de los sistemas naturales.
| criterio | Sostenibilidad débil | Fuerte sostenibilidad |
|---|---|---|
| capital natural | Sustituible por capital humano/tecnológico | Existe un capital natural crítico e insustituible. |
| Medición | Valor monetario agregado del capital total | Indicadores físicos de integridad ecológica |
| Crecimiento económico | Compatible si se genera capital compensatorio | Limitado por los límites biofísicos del planeta. |
| Compensaciones | Válido si se mantiene el valor total. | Inaceptable para el capital natural crítico |
| Marco político | Economía verde, sustancias que agotan la capa de ozono, ESG corporativo | Ecología política, poscrecimiento, límites planetarios |
¿Cómo ha cambiado el concepto desde sus orígenes hasta la actualidad?
Primera formulación formal de la preocupación por la sostenibilidad del crecimiento ante el agotamiento de los recursos naturales. Si bien aún no se utiliza el término, sienta las bases del debate.
Primer documento internacional que utilizó brevemente el concepto de "desarrollo sostenible". Se centró en los cambios estructurales globales; tuvo poca difusión.
La Comisión de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, presidida por Gro Harlem Brundtland, publica la definición que dominará el debate durante décadas. Su ambigüedad deliberada permite una amplia aceptación a costa de la claridad operativa.
El concepto se convierte en un objetivo político global. Agenda 21 y la Comisión de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible. La sostenibilidad se incorpora a las constituciones y los tratados internacionales.
El investigador Andrew Dobson documenta la proliferación definitiva del concepto. La figura se convierte en un indicador de la fragmentación conceptual que persistirá hasta nuestros días.
El modelo de tres pilares (economía, sociedad y medio ambiente) domina el discurso empresarial. Crítica posterior: la lógica del equilibrio ignora las dependencias jerárquicas entre los sistemas.
Nueve límites biofísicos cuantificados definen el “espacio seguro” para la humanidad. Este espacio fundamenta una sólida sostenibilidad con indicadores físicos concretos, independientes de valoraciones monetarias.
El nuevo marco global se compone de 17 objetivos y 169 metas. Investigaciones posteriores cuestionan su universalidad: incorporan premisas conceptuales y morales que no son compartidas por todas las comunidades.
Análisis de 100 definiciones (MDPI, 2021): frecuencia de cada dimensión
Fuente: García Vinuesa et al. (2021) «Cómo se define la sostenibilidad: un análisis de 100 aproximaciones teóricas», MDPI Mathematics. La tríada dominante resultante es económico-social-ética, no ambiental-social-económica del clásico triple resultado.
La ambigüedad conceptual no es neutral: favorece a quienes actúan sin restricciones.
Sin criterios definidos para distinguir lo sostenible de lo insostenible, cualquier empresa, administración u organización puede atribuirse dicho calificativo. La sostenibilidad débil ofrece una justificación teórica para esto: con una compensación económica, cualquier actividad puede declararse neutral.
La falta de consenso conceptual implica que los distintos sistemas de indicadores (huella ecológica, índice de desarrollo humano, índices ESG, límites planetarios) no son comparables. Diferentes organizaciones pueden presentar resultados opuestos sobre la misma realidad, aunque técnicamente correctos dentro de sus respectivos marcos de referencia.
La elección entre sostenibilidad débil y fuerte no es técnica: es política. Decidir si el capital natural es sustituible equivale a decidir si los límites biofísicos son negociables. Presentar este conflicto como un debate científico neutral oculta su dimensión de poder.
La Agenda 2030 incorpora premisas culturales, económicas y epistémicas que no son compartidas por todas las comunidades del mundo. Aplicar los ODS como marco universal implica ignorar las concepciones de sostenibilidad de los pueblos indígenas y los paradigmas posteriores a la media luna, entre otros.
La imposibilidad de definir la sostenibilidad dentro de un marco único no es necesariamente un problema. Puede ser la condición idónea para un concepto que debe adaptarse a diferentes territorios, culturas y escalas temporales. El reto consiste en distinguir la pluralidad legítima de la ambigüedad que sirve para eludir las limitaciones reales.
La proliferación de más de 300 definiciones no es un fracaso de la investigación académica. Refleja que la sostenibilidad, más que un concepto técnico, es un campo de debate político sobre valores, límites y prioridades. Su ambigüedad ha sido y sigue siendo fundamental para alcanzar un amplio consenso político. Sin embargo, esa misma ambigüedad limita considerablemente la capacidad de actuar con criterio.
La elección entre sostenibilidad débil y fuerte, entre el triple resultado final y la jerarquía anidada, entre los ODS como marco universal y la pluralidad de concepciones locales, no es una cuestión semántica. Define qué organizaciones, prácticas y proyectos pueden considerarse sostenibles y cuáles quedan excluidos.
Todo proyecto que pretenda contribuir a la sostenibilidad sin explicitar el marco conceptual desde el que lo hace, se beneficia, lo quiera o no, de la ambigüedad del concepto. La transparencia conceptual no es un requisito académico: es un requisito de honestidad.
«Llegar a un acuerdo sobre una única definición no solo es imposible, sino también objetable. Dentro de los límites mutuamente acordados de un marco conceptual suficientemente inclusivo, son posibles múltiples significados y definiciones específicas para cada contexto.» — Marco de las Cinco Dimensiones (Caramelo, 2010) — Política Ambiental
WCED (1987). Nuestro futuro comun. Prensa de la Universidad de Oxford.
Dobson, A. (1996). Medio ambiente y política, 5(3). Más de 85 definiciones documentadas; citado con más de 300 en Parris & Kates.
Parris, TM y Kates, RW (2003). Revisión Anual de Medio Ambiente y Recursos, 28.
Elkington, J. (1997). Caníbales con tenedores: El triple resultado.
Neumayer, E. (2013). Sostenibilidad débil versus sostenibilidad fuerte (4ª ed.). Elgar.
Baumgärtner, S. y Quaas, M. (2010). Economía Ecológica, 69 (3).
García Vinuesa et al. (2021). Matemáticas MDPI, 9 (11), 1308.
Fischer et al. (2007). Tendencias en ecología y evolución, 22 (12).
Heyd, T. (2010). Política Ambiental, 19(3). [Marco de 5 dimensiones]
ScienceDirect (2020). Perspectivas indígenas sobre la sostenibilidad. Opinión Actual en Sostenibilidad Ambiental.